viernes, abril 19, 2024
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El vacacionista de los ojos chuecos

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Viernes de vejentud

Pedro Rivas Gutierrez

Dedicado a los veraneantes y en especial a los de antaño, que lo comprenderán mejor, repito mi clásico de temporada, con la esperanza de que Miguel Ramos Carrión desde el más allá y sus admiradores desde el más acá, ya me hayan perdonado la osadía.

En la barda del malecón de Progreso,
abierto en verano, también en invierno
aunque al fin de agosto se queda desierto,
una mesticita de mulix cabello
y ojos inyectados cual de vaca en celo,
mientras vende pasta de guayaba y queso,
mira los domingos pasar por su expendio
los vacacionistas que vienen al puerto.

Con la cara roja y arena en el cuerpo,
vienen en tropel gritando, bullangueros,
cosas sin sentido y chistes de humor negro,
soltando la baba que riega su cuello
y que por la panza se escurre hasta el suelo.

Un vacacionista entre todos ellos,
camina perdido, como al aire suelto…
en todos los postes rebota su cuerpo
fofo, desgarbado, pecoso y grasiento.

Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los pérfidos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la mesticita de mulix cabello,
la mira en oblicuo, con mirada en sesgo,
y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos chuecos.

Monótono y tardo va pasando el tiempo,
mueren los ciclones y los nortes luego
y llega el verano con calor de infierno.

Desde aquel comercio ambulante en Progreso,
su guayaba y queso voceando y vendiendo,
una mesticita de mulix cabello
mira los domingos pasar por su expendio
los vacacionistas que vienen al puerto.

Pero no ve a todos, ve solo a uno de ellos,
al vacacionista de los ojos chuecos.
Cada vez que pasa, desgarbado y suelto,
sabe la mestiza que quiere aquel cuerpo
comerse su queso.

Pasando sus ojos en ángulo abierto
como de radar de torre de aeropuerto,
parece decirle: ¡Me gusta tu queso!
¡No quiero manchego, no puedo comerlo,
si no pruebo el tuyo, me muero, me muero!

La mestiza guarda el dinero en su pecho,
con las manos tapa su pasta y su queso,
y vigila atenta cada movimiento
del vacacionista de los ojos chuecos.

Una tarde lluviosa, mano a su terno,
al ir la mestiza a buscarse un techo,
oyó fuertes voces con insultos gruesos;
en el bar de enfrente se armó un pleito fiero.

Un vacacionista era el del entuerto
y a otros cuatro daba golpes de respeto.
Gritos de dolor rompían el silencio,
palos, chuchulucos y cocos abiertos,
bofetadas, puños y algún ojo negro.

Con voces roncas dos gendarmes gélidos
impusieron calma en asunto tan serio,
llevándose a uno en calidad de reo.
La mestiza mira, frunce el entrecejo,
los conoce a todos a fuerza de verlos…
solo, solo faltaba entre ellos…
el vacacionista de los ojos chuecos.

Corrieron los años, pasó mucho tiempo…
en el malecón del puerto de Progreso
una mestizona de mulix cabello,
de tez reluciente y engordado el cuerpo,
mientras la guayaba vende con su queso,
recuerda felizmente aquella tarde
en que se fue al bote el de los ojos chuecos

 

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