lunes, marzo 4, 2024
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“El Toro”, esquinas emblemáticas de Mérida

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Por Sergio Grosjean

Hoy me encantaría narrarles dos simpáticas historias acerca de dos esquinas emblemáticas de Mérida, las cuales narramos en nuestro nuevo libro “Las calles, esquinas y arcos de Mérida”.
“El Toro”.

En la calle 44 con 65 se ubicó la esquina “El Toro”, la cual no debemos confundir con “El gran Toro”(56 con 61); con “El Toro Agachado” (74 con 61); con “El Huay Toro” (77 con 64); o con “El Toro Embolado” (79 con 64).

Cierto al caso, narra Federico de Waldeck que en su visita a Yucatán en la primera mitad del siglo XIX que se hospedó en una calle que llevaba el nombre de “El mamey”, sin embargo, este cambió de referente debido a la fantasía de un licorista que hizo erigir en el ángulo de coronamiento de su casa un gran toro de color natural, y quiso que este día no fuera olvidado por los parroquianos, por lo que inauguró su toro con una iluminación de varios colores y con fuegos artificiales. En el presente ya no existe dicha figura decorativa.

“El Toro Agachado

Conocemos 2 versiones al respecto, la primera narra que se debió a que había un hombre que le apodaban el “El toro”, y este iba a espiar a su novia cuando salía al “xtocoy-solar” de su casa, entonces, el hombre se agachaba para asechar por debajo de la albarrada a su enamorada, y de allá que los vecinos comenzaron a llamarle así a la esquina. La otra historia va de la siguiente manera, pero antes de entrar en materia, es importante recordar que las monjas concepcionistas vivían en un enorme convento ubicado entre las calles 64 y 66ª de oriente a poniente y la 63 y 61 de sur a norte, es así, que las religiosas para mantener su edificación hacían diversos productos para vender como chocolates, dulces, pasteles, así como unos panes esponjosos parecidos al “escota fie”, y la tradición continuo incluso después que el convento fue expropiado, pues tanto las monjas, las “niñas” y cocineras seguían haciéndolos en su nueva morada, e incluso proporcionaron la receta a gente cercana, misma que hasta hace algunos años estos panes seguían elaborándose en algunas casas.

Es así, y entrando en materia, una tarde, las religiosas invitaron al entonces gobernador de Yucatán, Francisco de Paula Toro, a comer un pan de natas y mazapán, siendo que pasadas las horas, el hombre que se encontraba en su carruaje comenzó a sentir retorcijones, y al sentir que no aguantaba más le ordenó al auriga que se detuviera, y descendió como un rayo con dirección al primer monte que vio, se metió y se escondió detrás de unos matorrales para luego bajarse el pantalón y hacer sus necesidades fisiológicas, solo que hubo un detalle que nunca se imaginó: dos borrachitos lo observaron para luego contar el chisme que vieron al toro que se agachó.

P.D. el libro se encuentra disponible en la librería de la revista “Proceso” ubicada en plaza diamante (62 con 63 centro)

 

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